



Llegamos con Manu, que tiene cinco años, a la Sierra La Vigilancia para hacer fotos para la serie Rayanos.
Las imágenes de Rayanos flotan entre la realidad y la poesía, entre la emoción y el asombro que nos provocan los paisajes naturales.
A las once de la mañana salimos desde el refugio Álvaro Paredes y empezamos a subir por un sendero señalizado rumbo a la cima de La Vigilancia.
La sierra se encuentra en el partido de Balcarce, a unos 40 kilómetros de Mar del Plata, por la Ruta 226. Forma parte del sistema serrano de Tandilia, un conjunto de sierras que emerge de la llanura pampeana.
El día está soleado y cálido, una rareza para junio. Vamos en remera y yo, con una sonrisa: estoy haciendo lo que más me gusta con una de las dos personitas que más amo en el mundo.
La caminata hasta la cima lleva aproximadamente una hora, a un ritmo muy tranquilo. La Vigilancia alcanza los 301 metros sobre el nivel del mar.
Manu sube jugando, preguntando todo, eligiendo ramas para usarlas de bastón.
Mientras avanzamos entre las rocas le voy contando sobre la antigüedad de este paisaje.
Hubo un tiempo en que estas sierras estaban unidas a lo que hoy es Sudáfrica. Ambas regiones formaban parte de Gondwana, el antiguo supercontinente que reunía a buena parte de las masas continentales del hemisferio sur. Compartían las mismas rocas y una historia geológica común. Con el paso de millones de años, los continentes se separaron, pero las formaciones de Tandilia y las de Sudáfrica todavía encajan como piezas de un mismo rompecabezas.
El basamento rocoso de Tandilia tiene más de 2.000 millones de años y se encuentra entre los más antiguos del planeta.
Muchísimo después, esta región estuvo cubierta por un mar poco profundo donde vivían algas y pequeños organismos. Sus huellas quedaron grabadas en las rocas.
Manu no parece demasiado impresionado por semejante escala temporal.
Para él, la montaña es ahora.
El nombre de la sierra también tiene su propia historia.
El explorador y residente local Pablo Pilotta me había contado que “La Vigilancia” no es un nombre casual ni moderno.
Existe una historia transmitida de boca en boca que le da sentido. En los tiempos en que los caminos eran apenas huellas entre las sierras, este cerro alto habría servido como punto de observación estratégico de la Puerta del Abra, un paso natural entre las rocas.
Quienes necesitaban saber quién entraba o salía subían hasta lo alto, donde el horizonte se abría y cualquier movimiento podía ser detectado desde las alturas.
Por eso, dicen, se utilizaba como punto de control.
Con el tiempo, el nombre quedó: La Vigilancia.
No por casualidad, sino por función.
Y aunque quizás no haya libros que lo confirmen, la tradición lo mantiene vivo.
Al mediodía alcanzamos la cima.
El horizonte se despliega infinito. La vista es amplia y serena: la llanura pampeana se extiende alrededor de las sierras, que aparecen como islas de roca en medio de un océano de campos.
Desde acá arriba también es fácil imaginar a los primeros habitantes de estas tierras, siguiendo huellas, encendiendo fuegos y buscando refugio hace unos 10.000 años.
Nos sentamos.
Es el momento de unos mates amargos y unas porciones de pasta frola.
La pasta frola me transporta en el tiempo, a cuando era niño.
Su origen está en la crostata italiana, una tarta de masa suave y relleno de mermelada. Llegó a la Argentina con la inmigración italiana del siglo XIX y se adaptó al gusto local con dulce de membrillo. Con el tiempo se convirtió en un clásico de las meriendas y del mate.
Mientras tomo un mate y como una porción, miro a Manu.
Quizás dentro de muchos años él recuerde esta escena.
O quizás no.
En esta época del año el sol permanece bajo y las sombras son largas.
Manu también hace algunos disparos, sobre todo de la vegetación de la cumbre: gramíneas, líquenes y pequeñas flores serranas que se aferran a la roca.
Después comenzamos el descenso hacia el campamento base.
Al final del recorrido, el contador marca 10.530 pasos. Habíamos recorrido 7,66 kilómetros en 144 minutos.
En el campamento nos encontramos con Pablo Pilotta.
Tenemos suerte: tiene tiempo y está conversador.
Pablo nació en junio de 1973 en Olavarría, pero su vida tomó otro rumbo a los siete años, cuando su familia se mudó a Mar del Plata.
A los catorce escuchó por radio sobre un curso de supervivencia y escalada en roca dictado por ex comandos anfibios de Malvinas.
Fue entonces cuando descubrió la montaña.
Desde ese momento dedicó su adolescencia al montañismo.
En 1988 fue parte del nacimiento de la escuela de montañismo del CEF, donde, junto a otros entusiastas, construyó la primera palestra techada de Sudamérica.
Era rudimentaria, pero les permitía entrenar durante la semana para ir a la sierra los fines de semana.
—No me gustaba la noche ni los boliches. A alguna fiesta fui, pero más que nada para no parecer tan marciano —dice entre risas—. Mi vida era la montaña.
Después de terminar la secundaria se tomó un año sabático para viajar y escalar con su vieja Chevrolet Brava de 1973, a la que llamó Dorotea.
Con ella recorrió la Patagonia, Córdoba, Mendoza y otros destinos.
Más tarde se formó como guía de montaña y se recibió en 1999.
Fundó MDQ Expediciones, con la que guió ascensos al Aconcagua y a algunas de las grandes cumbres del mundo: Everest, Manaslu, Cho Oyu, Kilimanjaro, Denali, Elbrus, Mont Blanc, Alpamayo y muchas más.
También recorrió la cordillera argentina, incluyendo dos cumbres en el Ojos del Salado.
Durante veinte temporadas, el Aconcagua fue su lugar en el mundo.
Hasta que nació su primer hijo.
Entonces entendió que su verdadero lugar estaba donde pudiera verlos crecer felices y con valores.
La historia de La Vigilancia también está ligada a su propia vida.
El predio nació en el año 2000, por la necesidad de ordenar el acceso a la sierra.
—Al principio éramos unos pocos de Mar del Plata, pero con el crecimiento del deporte y el boca en boca, el lugar empezó a recibir cada vez más visitantes. Eso generó conflictos con los dueños de los campos por la cantidad de autos en la banquina.
Así, en diálogo con ellos y con el municipio de Balcarce, comenzaron a gestionar el ingreso, estableciendo un sistema de seguro individual y organizando el uso del espacio.
Con el tiempo, ese esfuerzo dio forma a lo que hoy es La Vigilancia: uno de los centros de escalada deportiva más importantes del país, reconocido por la calidad de sus vías y de su roca, y por haber sido cuna de grandes escaladores y montañistas.
El refugio se llama Álvaro Paredes, en honor a un compañero de escalada con quien Pablo compartió expediciones al Aconcagua y al Cho Oyu.
Estaban entrenando para subir juntos el Everest, pero Álvaro murió en Pakistán mientras descendía del G2, en una expedición a la que Pablo no pudo unirse.
Darle su nombre al refugio fue una forma de mantener viva su memoria en la montaña y en el corazón de este lugar que tanto aman.
Pablo mira alrededor.
—Acá soy muy feliz. Lo único que no me gusta es que me pongan en el rol de “policía” de La Vigilancia. Me costó mucho trabajo y esfuerzo ordenar este lugar, y me enojo cuando no se respetan normas mínimas, como registrarse o usar casco y equipo homologado.
Para Pablo, ser montañista es mucho más que escalar.
—Es disfrutar de la naturaleza, aprender a amarla y respetarla, y lograr que ese vínculo se mantenga en el tiempo, incluso cuando no se está en la montaña. Es también disfrutar del momento en la ciudad, mientras se sueña y se planea la próxima salida.
—Montañista es lo que quiero ser cuando sea grande —dice Pablo y se ríe
Lo escucho y pienso en Manu, que acaba de descubrir una sierra.
Pablo descubrió la montaña a los catorce.
Yo ahora intento que mis hijos descubran el mundo de la misma manera en que alguna vez lo descubrí yo: caminándolo.
Vuelvo cargado de fotografías, historias y la energía renovada.
No hay nada como explorar con mis hijos.
Esta es la segunda sierra de Manu.
Relato y fotos de Larralde @larraldepaisajes